Hoy, casi todas las empresas aseguran tomar decisiones basadas en datos o “Data–Driven”. Es una afirmación que se ha vuelto parte del discurso corporativo. Lo repiten ejecutivos, consultores y equipos como si fuera una realidad instalada. Pero entre lo que se dice y lo que realmente se hace aún hay una gran brecha.
Según NewVantage Partners, el 98,6% de los ejecutivos aspira a tener una cultura basada en datos. Sin embargo, solo un tercio lo ha conseguido. El resto vive una contradicción: se declaran guiados por datos, sin contar con las capacidades, la gobernanza ni la cultura que lo sustente.
Hoy, declararse Data–Driven puede sonar bien, pero lo importante es demostrarlo. Eso implica tomar decisiones basadas en información oportuna, incorporar el valor del dato en la cultura organizacional y contar con procesos sólidos que conviertan esa información en resultados concretos. En América Latina, la mayoría de las organizaciones aún está lejos de cumplir con ese estándar.
Nuestra experiencia muestra que ser Data–Driven no significa tener dashboards bonitos ni haber invertido en Business Intelligence hace años. Es confiar más en los datos que en la intuición; es operar con información en tiempo real y hacer de la inteligencia artificial un aliado estratégico, no un experimento.
Una guía útil para avanzar en este camino es la propuesta de McKinsey, que plantea distintos niveles de madurez en el uso de datos. Su modelo permite a las organizaciones evaluar con honestidad su situación actual, identificar brechas y definir con mayor claridad qué capacidades deben desarrollar para convertirse realmente en empresas impulsadas por datos.
Las preguntas que hay que hacerse son simples: ¿Los líderes toman decisiones basadas en datos? ¿Hay responsables claros de la gestión de los datos? ¿Los equipos tienen las habilidades necesarias? ¿Nuestros procesos están respaldados por información confiable? Si alguna respuesta es “no”, aún queda trabajo por hacer.
En un entorno donde la transformación digital es transversal, ser Data–Driven ya no es un lujo. Es una necesidad estratégica. Los datos no pueden seguir siendo vistos como archivos adjuntos. Son la columna vertebral de la innovación, la eficiencia y la resiliencia. Solo quienes lo comprendan a fondo podrán competir en el mundo que viene.
La creciente complejidad de los entornos digitales y el avance del trabajo híbrido han puesto en evidencia las limitaciones de los modelos tradicionales de mesa de servicios. Frente a este escenario, la mesa de servicios digital moderna emerge como una capacidad clave para asegurar continuidad operativa y responder a las nuevas exigencias del entorno de trabajo digital.
Hacia 2026, el desafío ya no es incorporar más tecnología, sino construir confianza digital. La convergencia entre IA, robótica, biología sintética y computación cuántica exige liderazgo estratégico, foco en soberanía de datos y ciberseguridad.
Durante años, la automatización ha sido el eje de la modernización empresarial. Implementarla significaba hacer lo mismo de siempre, pero más rápido, con menos errores y menores costos. Hoy, la irrupción de la inteligencia artificial (IA) -y en particular de la IA generativa y los agentes inteligentes- marca un punto de inflexión: ya no se trata solo de eficiencia operativa, sino de transformación estratégica.
